proposición III



Pensé que quizá no había sido adecuado y que sencillamente Claude me invitaría a marcharme. Sentí alejarme de aquel pedestal, me había sentido diosa por unas horas, había sido una sensación indescriptible pero no irrepetible porque si de algo estaba segura es que mi cuerpo estaba dispuesto a revivir esas sensaciones.

-Claude, de verdad lo siento, no tenía intención pero ha sido más fuerte que yo y no he podido controlarme, siento haberte defraudado ¿podrás perdonarme?-intenté ser sincera, nada más.
-¿Cómo? ¿Defraudado? ¿No me irás a decir que no te ha gustado?
-No, todo lo contrario lo he disfrutado mucho, pero no tenía intención de perder el control, de verdad, discúlpame.
-Me parece que no lo entiendes, ¿por qué dices eso?
-Hombre, justo en el momento después de sucumbir con esas dos mujeres has venido a sacarme de allí, ¿no es por eso?-seguía sin comprender muy bien.
-No me lo puedo creer,¡estás equivocada!- no dejaba de reírse
-¿entonces?
-Entonces lo que pasa es que te he venido a buscar para que descansaras, te des un baño y vuelvas ahí afuera para seguir pasándolo bien, entra en el camerino y verás.

Abrió la puerta del camerino, del mismo camerino que yo había utilizado antes pero completamente diferente, ramos de flores por todas partes, paquetes envueltos en vistosos papeles brillantes, botellas de cava en cubiteras de plata, me quedé asombrada.

-Todas estas cosas han ido llegando desde que la señora Candice se alejó de ti con su flamante esposo, los dos están tan contentos contigo que han ido corriendo la voz, hay gente que había decidido no venir esta noche, pero con la crítica de la señora Candice ya están de camino para conocerte, te queda mucha noche de trabajo todavía.
-¿Trabajo? Podría hacerlo hasta sin cobrar, es todo un placer estar en el pedestal, pero… ¿Crees que lo aguantaré?
-Cómo me gusta tu actitud y no soy la única. Hay cierto caballero del cual no puedo decirte nada, al que has dejado encandilado, algunos de los regalos de esta habitación son de su parte y créeme no es lo habitual.
Suspiré. ¿Sería aquel el caballero de la camisa escarlata que tanto me había atraído en la sala? Claude se me quedó mirando.
-¿Piensas en alguien?
-No, no, nada, tranquila-contesté bajando la vista un tanto avergonzada.
-Mejor, nunca sucede lo que una espera, te lo digo yo. Venga, tienes la bañera llena de agua tibia, perfecto para que te relajes, en cuanto termines te untaré de aceite de rosas tiernas, verás como les gusta. Venga date prisa-dijo achuchándome con unas palmaditas en el trasero.

Con los ojos cerrados, sumergida en la enorme bañera rememoré parte de la noche que había vivido. Recordé como la señora Candice se había acercado a mí con su marido, como él se había excitado al verla acariciarme con su lengua. Me encantó la sensación de ser partícipe de aquella erección, que se debiera a la imagen de mi cuerpo desnudo esperando la lengua de su mujer. Suspiré, intentaría no olvidar nunca esas sensaciones, es más quería que volvieran a suceder y que no quedaran en simples recuerdos.
Los ojos del caballero de camisa roja volvieron a cruzarse en mis pensamientos, ¿Quién sería? Me desconcertaba su actitud. Cuando reparó en que me había dado cuenta de su excitación había abandonado la sala. No era esa la finalidad de la fiesta, todos debían pasárselo bien y disfrutar de cada momento, nadie podía sentirse avergonzado por su sexualidad. Me hubiera encantado que se acercara.
Imaginé que lo hacía. Imaginé su aliento caliente sobre mi piel, sus manos grandes acariciándome suavemente mis pechos reaccionaban al imaginarlo. Mis manos recorrieron mi piel e imaginé su húmeda lengua llegar hasta mi sexo, notaba el roce de su lengua en lo más íntimo, como caliente y mojada mi cuerpo pedía más, caí en la cuenta que me encontraba sola en la bañera y que la lengua que había estado imaginando no eran más que mis dedos desesperados alrededor de mi sexo. Me sentí vacía.
Entonces entro Claude.
-Venga niña que la gente se impacienta, ¡hacía años que no veía el local tan lleno!-dijo apurándose un poco a verme todavía sumergida en el agua caliente.
Dedicó los siguientes minutos a secarme con paciencia, regó sus manos con aceites que extendió suavemente por mi piel mientras yo ya imaginaba como sería el resto de la velada.
Pero nada era como yo creía, el escenario había cambiado por completo, la decoración era diferente, ahora los tonos rojos y negros aparecían por todas partes, velas enormes aparecían en los rincones, los focos iluminaban a media potencia haciendo que la estancia quedara en la penumbra exceptuando el centro de la sala, donde mi trono, mi pedestal seguía esperándome.
Al aparecer en la sala se dejó escuchar un murmullo que acabó convirtiéndose en aplauso, me sentía querida, deseada, jamás hubiese imaginado una situación así. En mis fantasías me imaginaba protagonista de una historia, el centro de atención de un grupo de caballeros pero esto superaba con creces cualquiera de ellas.
Llegué al centro de la sala, me subí despacio al pedestal y levanté los brazos para agarrarme a las abrazaderas del techo, mis pechos se elevaron y se mostraron descarados ante los invitados, pese a la penumbra pude ver más de una boca abierta…
Esperé a que todos los ojos se centraran en mi cuerpo, capté la atención de todas las miradas y entonces a ritmo de una música imaginaria comencé un movimiento de caderas provocador, ¡era yo la que los provocaba!, miraba fijamente a un hombre y me inclinaba haciendo ver que lo estaba esperando, que deseaba que me tocara. Miré a una mujer que no se atrevió a sostener mi mirada pero aun en la distancia yo sentía que me deseaba, seguí mirándola, esperando, sabiendo que no tardaría en volver su vista sobre mi cuerpo, apenas tardó unos segundos y cuando lo hizo pude ver su emoción, mi lengua saboreó mis labios imaginando los suyos y una tímida sonrisa apareció en su rostro. Le dediqué un baile completo intentaba incitarla para que se acercara pero no acababa de decidirse, mis movimientos dejaban claro lo que quería de ella, al final alguien se le acercó por detrás, le dijo algo al oído, y ella empezó a caminar hacia mí.

Sentía sus pasos sobre el pavimento, sentía su alborozo por dentro, notaba su emoción al tiempo que apreciaba el ritmo acelerado de su corazón. Tímida se plantó delante sin saber que hacer, me sentí como un erudito delante de un campesino que no se atreve a hablarle por miedo a no estar a la altura. Decidí acercarme unos milímetros y rozar con mis pechos sus brazos que pendían dormidos, noté el roce de mis pezones con su fría piel percibí como esta se erizaba, levantó la mirada y supe que había hecho correcto. Sus brazos se elevaron llegando hasta mi rostro que quedó entre sus manos delicadas, sus labios se acercaron a los míos y nos fundimos en un beso, noté su lengua enzarzada en una lucha furiosa con la mía, el sabor era dulce, fresco, sensual. Poco a poco la furia fue dejando lugar al deleite, mi lengua exploraba descubriendo sensaciones inesperadas, descubriendo un placer distinto al que proporcionaba un hombre. La fuerza, el instinto de un hombre por dejar claro quien lleva la batuta en un encuentro se quedaban a un lado delante de la sinceridad de un cariño mezclado con deseo.
Dejó de besarme repentinamente, me asombró la dureza de la despedida, pero reconocí en sus ojos la excitación, la sensación de estar ebria de deseo que yo misma había experimentado.

Me sentí perdida en aquel momento, muchos rostros seguían observándome esperando algo de mí, algo que no sabía que era. Como cuando te encuentras en medio de una frase y no sabes como continuar. Sin saber como volví a elevar los brazos, regresé a la seguridad de mis abrazaderas en el techo y observé. Observé como caballeros y damas seguían pendientes de mis movimientos, de mis reacciones y pensé que realmente el trabajo de florero no era tan sencillo. Se me acababan las ideas y en mis pequeñas fantasías no encontraba nada que me sacara del apuro.

Observaba todo y a todos buscando algo que me despertara los sentidos y pudiera hacer que los ánimos de los presentes volvieran a elevarse, empecé a ponerme nerviosa, mi mirada buscaba y rebuscaba pero no encontraba nada diferente, parejas en los rincones donde se creían invisibles, miradas escondidas entre invitados ocupados entre los pechos de alguna jovencita, miradas centradas en mi cuerpo deseosas de espectáculo, entonces le vi.

Caminaba seguro entre la multitud, su camisa roja seguía impecable y me miraba divertido, fue una sensación pero noté cierta complicidad, como si se hubiese dado cuenta de mi apuro. Siguió caminando pensé que se alejaría y volvería a desaparecer, se acercó a una barra donde alargó la mano y el camarero dejó algo en ella, no pude adivinar de que se trataba pero por su rostro entendí que pronto lo comprobaría. Se fue acercando con esa mirada cómplice que antes había advertido, yo seguía con las manos asidas a las abrazaderas que ahora mismo eran como mi seguro, su mirada me tranquilizaba a la vez que me turbaba. Se acercó a mi pedestal y susurró en mis oídos:

-Eres genial, tranquila.

Y a la vez que hablaba deslizó de entre sus manos un paño rojo que rodeó mis ojos y todo quedó a oscuras.....